Gabriela no mostraba ninguna expresión en particular.
Echó un vistazo alrededor y, finalmente, fijó la mirada en una antigua lámpara de pie que estaba cerca.
Sin decir palabra, la tomó y, sin pensarlo dos veces, la estrelló contra la cabeza de Iker, quien no dejaba de proferir insultos.
—¡Ay! —gritó Iker, sorprendido y sin tiempo para esquivar.
El golpe le dio de lleno en el ojo izquierdo, haciéndolo caer al suelo mientras se retorcía de dolor.
Las empleadas soltaron exclamaciones y corrieron ha