El salón quedó en silencio total. Todos intercambiaban miradas, sin atreverse a decir nada mientras observaban a Álvaro con miedo. El hombre que había propuesto el brindis estaba pálido, sin entender por qué Álvaro se había enfurecido tanto, temiendo haber provocado su ira.
—¡A la mierda el brindis! —soltó Álvaro, visiblemente molesto.
El salón permanecía en completo silencio. Nadie se atrevió a murmurar hasta que Álvaro, con el ceño fruncido y expresión sombría, salió del lugar.
Una vez se fue,