Cintia sollozó un poco más y preguntó, con un hilo de voz:
—¿De verdad se puede hacer eso?
—Por supuesto —afirmó Gabriela sin titubear.
—¿Y si los demás no me creen? —insistió Cintia, aún angustiada.
—¿Qué importa? —replicó Gabriela, con la mirada brillante—. Si no logras que todos te crean, entonces o aprendes a ignorar y no dar importancia… o te elevas tanto que no necesites depender de tu hermano para hacerte respetar, y sea la gente la que no se atreva a volverte a herir con sus palabras. En