La habitación estaba cerrada, en completo silencio. Cualquier sonido mínimo sería audible.
Gabriela respiraba agitada.
La voz seguía resonando en su mente, una tortura sutil que le provocaba un dolor punzante en las sienes.
—El que sabe nadar es Emiliano, el que no sabe nadar es Álvaro…
Gabriela repitió esa frase en voz baja, como si quisiera convencerse.
En ese momento, la puerta se abrió de pronto.
Gabriela alzó la mirada y se encontró con Álvaro, que entraba sigilosamente, como un ladrón sorp