Pero ella estaba agotada, deseando solo cerrar los ojos y dormir.
Sus párpados se volvían cada vez más pesados. Estaba a punto de ceder a ese cansancio, cuando escuchó una vocecita suave y tierna:
—¿Tú eres mi mamá?
Desconcertada, Gabriela abrió los ojos.
Frente a ella había un pequeño ser, un niñito con mejillas regordetas y una carita adorable, que la miraba con cierto enfado, cruzando sus bracitos regordetes.
Gabriela recordó de pronto: estaba embarazada.
Casi sin pensar, respondió con voz su