—No tengas miedo, querida. No tengas miedo —dijo Carmen, con la voz quebrada. Su corazón parecía romperse en mil pedazos.
Recordaba perfectamente el día en que recuperaron a su hija de aquel infierno.
Su cuerpo estaba cubierto de moretones, algunos recientes, otros que ya iban sanando.
El malnacido que la había maltratado tuvo el descaro de justificarlo diciendo que eran accidentes, que ella misma se los había causado.
—Quédate conmigo, mi niña. Te protegeré. ¡No voy a permitir que vuelva a pone