Sin embargo, la humillación que había anticipado no llegó. En cambio, Álvaro tomó su mano en medio de todas esas miradas y, con una mezcla de reproche y afecto, le dijo:
—¿No puedes ni caminar sin distraerte?
Su voz no era alta, pero los que estaban cerca pudieron escucharlo claramente.
Aunque sus palabras eran de reproche, el tono con el que las dijo estaba tan cargado de ternura que casi desbordaba.
Álvaro no la soltó y, juntos, entraron al ascensor privado que llevaba directamente a su oficin