534. LA LLEGADA DE LOS DRAGONES BLANCOS
ALESSANDRO:
La sonrisa de Eira se borró al escuchar mis palabras. Pude ver cómo sus dedos se tensaban alrededor del pequeño arco que colgaba de su cintura, mientras los hombres detrás de ella mantenían su posición, aguardando alguna orden. Sabía que era una mujer astuta, pero en ese momento, la arrogancia le nublaba el juicio.
—Lo dudo mucho. Estás rodeado, Alessandro. Desmantelé a todos tus hombres, mis dragones son los que están en esta casa —dijo con arrogancia—. Y lo seguirán haciendo, me