49. HERIDA DE BALA
Por un instante, creo que mis gritos lo afectan. Sus facciones, normalmente duras y calculadoras, se suavizan apenas. Pero solo un momento. El Minetti que tengo frente a mí no es un hombre que flaquea; es alguien que controla cada detalle, incluso cuando el mundo se está desmoronando. La mirada que me lanza luego, intensa y llena de certezas, me dice que no voy a ganar esta pelea.
—¡Humberto, haz lo que te pido! ¡Ahora! —ordena, con una voz que no admite objeciones.
El auto derrapa violenta