48. LA REALIDAD ATERRADORA
Escucho los gritos de Alessandro, pero no me detengo, porque solo veo la puerta del auto abierta, mi refugio, mi salvación. Corro todo lo que puedo. “¡Ya llego, ya llego!”, me digo, mirando cómo me acerco y, justo antes de llegar al auto, siento que algo me golpea en la espalda y caigo de bruces, hiriéndome las rodillas. Alessandro me levanta en peso y me introduce en el auto, que sale a toda velocidad.
—¡Lili, Lili! ¿Dónde te dieron, Lili? —pregunta de inmediato.
—¿Qué quieres decir? Solo