476. LA HISTORIA DE LOS GEMELOS
ALESSANDRO:
Me alejo respirando aliviado porque estaba a punto de gritarle algo que probablemente me haría arrepentir más tarde. Entro en el despacho, donde veo a uno de mis hombres de confianza. Su rostro está desencajado, lo que hace que mi corazón se hunda de inmediato al ver cómo se pone de rodillas ante mí.
—¿Qué es lo que pasa, Pelirrojo? —pregunto de inmediato—. Lo que sea, no necesitas hacer eso. Ponte de pie, es una orden.
—Antes de hacerlo, jefe, quiero pedirle perdón —insiste,