418. UNA MUJER EXCEPCIONAL
ALESSANDRO:
Coloqué una mano en el hombro de Rufo para tranquilizarlo al ver cómo la señora lo miraba asustada. Él me entendió y se disculpó. La anciana sonrió con tristeza y alegría al ver cómo amaba a Miguel. Sus ojos se llenaron de lágrimas ante el recuerdo. Luego, su mirada se ablandó un poco al mirarnos, pero no dejó de observarnos, queriendo leer nuestras emociones ante su historia.
—Ese día, al verlo así, lo llevé al médico con lo poco que tenía. Mi esposo me dio una paliza por gas