400. NO PUEDO DECIRTE
ALESSANDRO:
El peso de la desesperación se hacía más intenso a cada segundo que no sabía en dónde estaba mi esposa. El tiempo se retorcía en torno a mi pecho. Tenía que actuar rápidamente, sin importar el coste. La mafia no perdona los errores, y menos aún si esos errores te alejan de lo que más amas. Apreté los dientes, mi mente dibujando escenarios oscuros y retorcidos donde la traición y la deslealtad acechaban en las sombras.
—Ya la encontré, Alessandro, ella habló conmigo —la escuché decir