183. EL AMANECER
LILIAN:
Nos quedamos dormidos desnudos, abrazados fuertemente. A pesar de todo, me sentía segura, no feliz, pero sí segura. Nos despertaron las risas y voces de nuestros amigos. Jugaban y se bañaban en la playa.
—¿Qué hora es? —pregunté, cubriéndome con la sábana, un poco apenada.
—Vaya, son las tres de la tarde. ¿Por qué te cubres? —preguntó con una leve sonrisa—. Eres bella y me has dejado verte siempre.
—No lo sé, Ale, ahora es distinto —sentía cómo me ponía toda colorada de la vergüenza. Estoy completamente desnuda y siento que no puedo mirarlo a la cara. Alessandro soltó una carcajada limpia. Sonaba tan feliz que lo miré sin poder creerlo. Se acercó despacio, tomando mi barbilla, y depositó un beso suave en mis labios, mientras susurró:
—Me encantas, preciosa, y sabes muy bien.
—¡Alessandro! —grité, tapándome la cara avergonzada—. ¡Deja de decir eso!
—¿Por qué? —siguió riendo divertido—. Lo eres, y no tienes que sentir vergüenza ante mí; espero que mi sabor te haya gu