183. EL AMANECER

LILIAN:

Nos quedamos dormidos desnudos, abrazados fuertemente. A pesar de todo, me sentía segura, no feliz, pero sí segura. Nos despertaron las risas y voces de nuestros amigos. Jugaban y se bañaban en la playa.

—¿Qué hora es? —pregunté, cubriéndome con la sábana, un poco apenada.

—Vaya, son las tres de la tarde. ¿Por qué te cubres? —preguntó con una leve sonrisa—. Eres bella y me has dejado verte siempre.

—No lo sé, Ale, ahora es distinto —sentía cómo me ponía toda colorada de la vergüen
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