147. EXTRAÑÁNDONOS

 Abro la puerta. En ella, sujetándose del marco con ambas manos, está Alessandro. Se tambalea y lucha por mantenerse de pie. Me doy cuenta de que ha bebido. No, bebido no: se ha ahogado en alcohol.

—Lilian, ¿quién te ha dado permiso para no regresar a mi casa? ¿Quién? —logra decir, medio enredado, mientras se tambalea a punto de caer.

 Lo recibo en mis brazos, miro por si veo a uno de sus hombres de seguridad, pero no hay nadie. No lo entiendo. Lo introduzco en mi casa y lo llevo, casi a rastras, hasta el sofá y lo suelto. Cae todo desparramado. ¿Por qué habrá bebido de esa manera?

 Le quito los zapatos, el saco, y lo acomodo en el sofá con tremendo trabajo, porque no deja de protestar, decir incoherencias y tirar de mí.

—No tienes permiso para dejarme, Lili. Eres la señora Minetti, ¿me escuchas? ¡Mi señora! ¡Te hic
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