DOMENICO BANE
El reloj marcaba las cuatro y cuarenta de la tarde. Yo tenia exactamente veinte minutos antes de tener que entrar a la sala de conferencias para una reunion exhaustiva con mis inversores europeos. Veinte minutos no era nada, pero en ese momento era todo lo que tenia.
Del otro lado de mi escritorio, Valentina terminaba de organizar los papeles que trajo.
La observe en silencio. Llevaba un conjunto de sastre gris oscuro, con una blusa blanca de seda abotonada hasta la base del cuell