ARES BECKETT
Llegamos a la habitación del hotel después de mucha incomodidad y tentación. Rubi pasó la mitad del trayecto en el taxi cantando, y la otra mitad con el rostro escondido en la curva de mi cuello, respirando caliente contra mi piel de una manera que me hacía sudar frío.
En cuanto entramos a nuestra suite, suspiré de alivio. Caminé directo hacia la cama listo para depositarla sobre las sábanas.
Pero, en cuanto intenté bajarla, sus manos, que estaban alrededor de mi cuello, se desliza