RUBI MONTENEGRO
El roce grueso y caliente de Ares contra mi entrada empapada detonó cualquier restricción, timidez o intento de mantener la compostura.
Quería que me tomara con fuerza y acabara con ese vacío.
— Ares... ¡mierda, entra ya! — Exigí, con mi voz saliendo rasgada, abandonando cualquier pudor. Levanté mi trasero hacia atrás con más fuerza, frotándome a propósito en la punta de su miembro.
Las manos de Ares agarraron mis caderas con una fuerza que de seguro dejaría las marcas de sus de