Capítulo — La confesión en el despacho
El despacho de Héctor Castro olía a madera vieja y soberbia.
La luz del mediodía entraba en líneas duras entre las persianas, como si también quisiera juzgar.
Manuel cruzó la puerta sin saludar. Ya no quedaba nada que decir entre padre e hijo.
—Sentate, Manuel —ordenó Héctor sin levantar la vista.
—Decime rápido qué querés, me tengo que ir —respondió él, seco, cansado.
El viejo lo miró con una sonrisa torcida.
—Acabo de hablar con tu hijo.
Manuel so