Enzo
El aire en la sala de partos era denso, cargado de una tensión palpable que sentía clavarse en mi piel como agujas diminutas.
Olivia, mi Olivia, jadeaba entre contracciones que la doblaban por la mitad, su rostro bañado en un sudor frío que le empapaba el cabello. Cada quejido, cada gemido ahogado, era un puñal en mi oscuro corazón. Habían planeado este momento, soñado con él, pero la realidad era brutalmente distinta a la dulce imagen que habíamos acariciado durante meses.
La doctora Cl