Luis no encendió la luz.
Se sentó al borde de la cama, observando a su único hijo bajo la tenue luz que se filtraba por la ventana.
Después de un rato, extendió la mano y tocó suavemente la mejilla de Leonardo.
El niño se dio vuelta, quedando boca arriba.
El puente de su nariz, recto y delicado, y la inocencia en el rabillo de sus ojos, le recordaron a Luis a Dulcinea cuando tenía poco más de veinte años... Todos esos recuerdos lo golpearon de nuevo, como si una daga se clavara en su corazón, ha