No podía hacerle daño.
El amor y el odio se confundían en su mente.
Incluso en su rabia, no podía lastimarla de verdad. Su rostro húmedo descansaba en el cuello de Dulcinea, su aliento caliente hacía que su piel fría temblara.
Con una voz ronca y desesperada, le suplicó:
—Dulci, dime que no es cierto. Dime que no me traicionaste. Que ese video es una farsa. Dulci, por favor, dime que todo esto no es real.
Dulcinea, recostada contra las frías baldosas del baño, solo podía encontrar la situación i