La punta del cuchillo penetró ligeramente su piel, haciendo brotar gotas de sangre, pero Dulcinea no mostró miedo.
Luis, con los ojos llenos de lágrimas, no podía creer lo que veía.
La mujer a la que había amado, la mujer que una vez lo había mirado con adoración, ahora solo le mostraba odio y desprecio.
—¿Por qué? —Luis gritó, con los ojos inyectados de sangre.
La miró fijamente, buscando cualquier señal en su expresión que le dijera que todo era un mal sueño.
Quería creer que Dulci todavía lo