Sylvia abrió la puerta y, sorprendida y emocionada, se lanzó a sus brazos.
—Luis, pensé que no volverías —dijo con una voz seductora que cualquier hombre encontraría difícil de resistir.
Pero Luis la apartó suavemente.
Sylvia se quedó un momento sin comprender.
Luis pasó junto a ella y entró en el departamento. Como siempre, en la mesa del comedor había una olla de sopa recién hecha. Sylvia, con cautela, le preguntó:
—Luis, ¿tienes hambre? ¿Te sirvo un poco…?
No terminó la frase. Luis la interru