Él la estaba castigando, castigando a una esposa infiel.
Dulcinea no podía detenerlo y trató de convencerse de que no le importaba, dejándose exponer así, mirándolo con ojos sin enfoque, y susurró:
—Luis, ¿aún sientes algo por mí?
Por un momento, él se quedó atónito.
Recordó el pasado, la primera vez juntos, su piel blanca y suave con gotas de agua, como una rosa al amanecer, y cómo esa noche la había venerado.
Pero ahora, Dulcinea era como una rosa marchita.
Luis no quería aceptar eso, la besó