La noche cayó sombría y opresiva.
Luis sonrió con desdén:
—¿De verdad pensabas que te amo, Dulcinea?
Se acercó a su oído, su voz suave pero con un frío penetrante:
—Solo me faltaba dormir un poco más. Después de nuestro divorcio, me di cuenta de que ninguna mujer, por muy atractiva que sea, me excita... excepto cuando pienso en ti suplicándome entre lágrimas. Me arrepiento de haberte dejado ir. Aunque estemos divorciados, eso no nos impide compartir la cama. Tal vez, sin los lazos del matrimonio