Ana frunció los labios y dijo:
—Quiero hablar sobre la tía Carmen.
La respuesta de Mario fue aún más distante:
—¿Ah, sí? Hablemos en mi oficina entonces —respondió, y colgó el teléfono sin darle oportunidad de decir más.
En las frías calles de otoño, Ana sintió un escalofrío. Así era Mario en realidad. La dulzura ocasional del pasado era solo una táctica para llevarla de vuelta a casa. Una vez que no funcionaba, mostraba su verdadera cara: fría e indiferente.
Ana, sin dudar, tomó un autobús haci