Mario mantuvo la compostura:
—¿Entonces cuánto, dos mil, o doscientos mil?
Ana lo abofeteó con enojo.
Después de golpearlo, se arrepintió; no podía permitirse enemistarse con un hombre así, ¿qué pasaría si él se vengara?
En realidad, su golpe no fue muy fuerte, y Mario apenas lo notó.
Él acarició su rostro con la mano, mirándola profundamente:
—¿Entonces, dos mil por un beso? ¿Qué dices?
¿Qué…?
Ana no entendía lo que él quería decir.
Mario retrocedió un paso, apoyándose en la pared, sacó un ciga