Los dos cuerpos estaban muy juntos, rozándose.
Decir que Ana no sentía nada sería mentir.
Pero siempre rechazaba a Mario, así que encontró una excusa:
—La cena empezará a las siete. Le das tanta importancia a ese proyecto, así que no querrás llegar tarde.
Al oír esto, Mario la soltó ligeramente.
La miró en el espejo y tarareó en voz baja:
—Señora Lewis, es usted una aguafiestas.
Pero por fin se había superado la crisis.
En el camino de vuelta, ambos no dijeron ni una palabra.
A las siete de l