—Mario no, yo no… —continuaba murmurando.
Iris, sosteniendo el cuenco, no pudo evitar decir:
—¡A qué extremos se ha llegado! ¡Se desmayó y aún así quiere demostrar su lealtad al señor!
Mario miró hacia la puerta:
—Baja, Gloria vendrá a subirla.
Y con eso, Iris finalmente se calló.
Unos treinta minutos después, Gloria y el médico llegaron bajo la lluvia. Gloria no había preguntado nada por teléfono, y al ver a Ana en persona, se sorprendió en secreto, pero se guardó sus comentarios.
La doctora su