Ana se preguntó brevemente el motivo de su agradecimiento, hasta que comprendió: le agradecía por no haber extendido su resentimiento hacia Emma, permitiendo que la niña lo tratara con cariño. Por un instante, Ana se sumergió en la melancolía.
Habló con voz suave:
—Cuando me la llevé, prometí enseñarle a amar y a encontrar la felicidad.
Y agregó:
—Ella es mi hija, no es un medio para un fin.
Mario no añadió nada más. Sentado en el auto, con el semblante tenso, Emma trató de dibujarle una sonrisa