Ana se detuvo un instante y luego, con voz tenue, confesó:
—Me ha llegado la menstruación.
Mario, captando cada matiz de su expresión, respondió sin titubear:
—Lo sé. —Y preguntó, destapando el verdadero asunto—: ¿Es eso lo único que nos separa? ¿Nuestro lazo se reduce solo a la búsqueda de un hijo?
Con la pregunta al aire, Ana levantó la mirada, sus ojos destellaban una tenue humedad, una vulnerabilidad involuntaria. Con los labios temblorosos y los dedos entrelazándose nerviosamente con la tel