Bajo la lluvia, le conferían una elegancia y atractivo indescriptibles.
Isabel se apresuró hacia él:
—Mario, por favor, déjame ver a Emma. Soy su abuela. Hoy, que es la Asunción de la Virgen María, le preparé tamales especialmente para ella.
Inmediatamente, mandó a un sirviente por los tamales. Pero Mario, serenamente, detuvo el gesto y, con voz suave, le dijo:
—No te esfuerces. No te permitiré verla. Y recuerda, Ana y Emma son mi esposa e hija; tú no tienes ningún lazo con ellas.
Isabel quedó i