La noche en que Mario volvía a casa, el cielo comenzó a llorar. Activo el limpiaparabrisas y a través de la lluvia, las luces de neón de la ciudad se transformaban en manchas de color difuminadas en el cristal. El aire frío de la noche se colaba por las rendijas del coche, anunciando una baja en la temperatura.
Tras unos cinco minutos al volante, a lo lejos, distinguió un Maserati blanco con problemas mecánicos al borde del camino. Una figura femenina, protegida bajo un paraguas, inspeccionaba e