Mario no le dio oportunidad de continuar, y su mirada la hizo sentir como si fuera una extraña. Le dijo sin rodeos: —Ya te dije hace un buen rato que no me interesas. Señorita Gómez, creo que deberías entender un rechazo tan claro como ese, ¿verdad?
Frida, con los ojos llenos de lágrimas y los labios temblando, no pudo pronunciar ni una palabra durante un largo tiempo.
Mario subió la ventana del coche, pisó el acelerador y se marchó.
Bajo la fría luz de la farola, Frida se quedó sola, con el ros