De cualquier manera, Mario se preocupaba por esa respuesta.
Él habló de nuevo, esta vez con la voz ronca: —Nunca fuiste así cuando estábamos juntos...
Afueras, la oscuridad caía, pero dentro de la casa era cálido y luminoso. Ana estaba de pie en ese entorno tan cómodo, y parecía aún más gentil.
Ella lo contempló y respondió suavemente: —Porque no somos iguales. Desde que nos casamos, nunca hemos estado en la misma posición. Todos los días tenía que lidiar con un marido frío. Ni siquiera sabía qu