Ana experimentaba un dolor insoportable, tan intenso que parecía que no podía respirar, tan agudo que sentía que podía morir en cualquier segundo. Pero no estaba dispuesta a rendirse; llevaba a la pequeña Emma en su vientre. La niña, que ya tenía ocho meses de gestación, aún no había visto el mundo.
Ana detestaba la indiferencia de Mario, pero amaba profundamente a la niña que llevaba dentro. Anhelaba su nacimiento con todo su ser. No podía permitirse morir, no ahora...
—No puedo morir— se repet