Después de hablar, Mario salió del coche por el otro lado y entró a la tienda. En menos de cinco minutos, regresó con una bolsa de pañales para perros, los colocó en el maletero y, al volver a subir al coche, acarició la cabeza de Shehy. Sin embargo, sus palabras iban dirigidas a Ana: —Compré pañales de tamaño extra pequeño. Puedes ponérselos cuando llegues a casa.
Ana asintió sin entusiasmo, desviando la mirada hacia el paisaje fuera del coche.
El viaje continuó y Mario intentó iniciar una conv