Ana, luchando por liberarse sin éxito, le gritó a Mario: —¡Estás loco!
Pero él, con un leve esfuerzo, la atrajo hacia su pecho. Estaban tan cerca que Ana podía oler el fresco aroma del tabaco y un ligero toque de loción para después de afeitar.
—¿Cómo has estado últimamente?
Mario, apagando su cigarrillo y volviéndose hacia ella, le preguntó con una voz baja y suave.
Ana no le respondió, sus ojos se llenaron de lágrimas: —Mario, ¿qué pretendes? ¡Estamos divorciados, no tienes derecho a tratarme