Alberto había esperado encontrarse con una mujer quejumbrosa, pero Ana era mucho más tranquila de lo que había imaginado. Se preguntó cuántas veces tendría que ser herida una mujer para alcanzar tal grado de calma y aceptar tan serenamente un trato injusto...
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Cuando Ana fue a su apartamento a recoger algunas cosas, Mario la esperaba en la puerta. Con una expresión compleja, la atrapó entre su cuerpo y la puerta, sujetando suavemente su mano no lesionada. Ana no podía liberarse. Sin querer mira