Capítulo 196
Pero ya era demasiado tarde.

Ana, apoyada en el respaldo del sofá, miraba fijamente la oscuridad de la noche. Tras un largo silencio, se volvió hacia él y le ofreció una sonrisa tenue: —Mario, estás enfermo, pero no me quedaré a ser tu cura.

El rostro de Mario palideció. En la oscuridad, Ana no podía ver las heridas de Mario, y tampoco le importaba si él sentía dolor. La esposa que una vez Mario tuvo, había sido destruida por sus propias manos.

La noche era silenciosa y tranquila.

Mario perman
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