Pero ya era demasiado tarde.
Ana, apoyada en el respaldo del sofá, miraba fijamente la oscuridad de la noche. Tras un largo silencio, se volvió hacia él y le ofreció una sonrisa tenue: —Mario, estás enfermo, pero no me quedaré a ser tu cura.
El rostro de Mario palideció. En la oscuridad, Ana no podía ver las heridas de Mario, y tampoco le importaba si él sentía dolor. La esposa que una vez Mario tuvo, había sido destruida por sus propias manos.
La noche era silenciosa y tranquila.
Mario perman