—Prepáratelo tú mismo— dijo Ana con voz ronca.
—Mario, a partir de ahora, no me ocuparé más de tus asuntos personales. Puedes pagarle a alguien para que prepare tu ropa y accesorios. Si eso no funciona, podrías pedirle a Gloria que venga a casa, pagándole un buen sueldo para que lo haga.
Mario frunció el ceño, molesto: —No me gusta que otros se ocupen de estos asuntos personales.
El dormitorio quedó en silencio.
Tras un rato, Ana habló con voz suave: —Pues no te queda de otra que no gustarte.