Ana entregó la ropa a la sirvienta, quien la miró con compasión y dijo: —¡Señora!
Pero Ana le respondió con serenidad: —Es solo trabajo.
Para ella, estos quehaceres eran insignificantes en comparación con lo que había sufrido en manos de Mario en la intimidad.
Lo que Ana no sabía era que, en ese momento, Mario también estaba en el coche, oculto a la vista desde el exterior del vehículo negro.
La sirvienta pensó que solo la secretaria había llegado en el coche oficial.
Al cerrarse la puerta de