Cassian apretó los párpados. Sabía que el tiempo se le escurría de las manos semejante a agua maldita. Leah respiraba con dificultad, su rostro estaba tan pálido que el más mínimo suspiro parecía costarle la vida.
—No puede ni mantenerse consciente, ¿qué le hace pensar que puede transformarse? —dijo Ezra, con la voz rota, agotado—. Su cuerpo no responde. Está muy mal.
Cassian lo sabía. Lo sentía en su médula. Leah estaba al borde, al borde de un dolor que no tenía nombre. No era solo el parto,