El alfa y su compañero de batalla, Rutt, vigilaban el límite de las tierras.
Justo a unos pasos de terminar su recorrido y volver, sus oídos se agudizaron.
Era un sonido que ya habían escuchado. No el de un animal herido.
No era delicado. Era tosco. Ronco. Pegajoso.
El golpeteo inconfundible de cuerpos que buscaban placer, desahogo. Dominio.
Rutt tragó saliva. El aroma inconfundible a sexo.
—Es la temporada de celo —el alfa apretó la mandíbula, los vellos de su nuca se erizaron. Reprimió un gru