«Existe la amnesia temporal», se repetía el alfa en la habitación destinada a la vidente.
Sus ojos recorrían desde los huesos de su clavícula hasta sus labios, rosados, suaves... Algo dentro de él se obligaba a desviar la vista, pero su otro lado —más primitivo, más salvaje— no podía parar de verla.
Noah tragó saliva. Sentía los colmillos apretar contra su propia carne.
Aspiró ese aroma tan particular…
«Estoy loco», se dijo mientras se aclaraba la garganta.
Leah se removió en la cama.