Pasaron cuatro semanas.
La zona entera permanecía bajo vigilancia constante. Guerreros montaban guardia de día y de noche. Pero desde aquel ataque, no volvió a aparecer ninguna criatura. Ni una sombra. Ni un ruido extraño. Nada.
Dentro de los campamentos, las heridas empezaban a cerrar y el miedo dejaba de ser rutinario. Todo volvía a ser normal, como antes.
Los lobos se dedicaban a sus labores, los niños jugaban, los huérfanos eran atendidos con amor y buenas intenciones.
Los guerreros entren