No había rastro alguno del hombre; seguramente ya se había ido. Marina devolvió el casco y la moto al joven, sonriendo.
—Gracias.
—¿Podemos hacernos muy buenos amigos? —preguntó el joven, algo tímido.
Marina sonrió, y se subió al auto y, tras un gesto de despedida, se dirigió a casa.
Diego entregó el casco a Daniel, encendió un cigarro y se acomodó en el asiento del auto con actitud algo relajada. Daniel, frustrado por completo al ver el brazo aún recuperándose de su jefe, aun se preguntaba por