Yulia escuchaba con una sonrisa feliz las discusiones entre su papá y su hermoso hermanito.
Diego extendió caroñoso las manos para cargar a Iker, que ya estaba bastante pesado. No quería que su hija se cansara.
—Papá, yo lo cargo no te preocupes—dijo Yulia con voz suave.
Iker, con su aire tan presumido, miró de reojo a Diego como diciendo: ¡que sea mi hermana la que me cargue!
—Hermana, puedo caminar solo —dijo Iker, preocupado porque Yulia estuviera cansada.
—Yulia, mejor déjalo caminar, el niñ