Quince años después, en el aeropuerto de Estelaria.
Iker andaba entre la multitud. Con sus manitas regordetas, sostenía un pan y lo mordía con mucha emoción.
La forma en que comía era realmente única: primero lo lamía un poquito, entrecerraba cuidadoso los ojos como si estuviera disfrutando de cada bocado, y luego, se lo metía a la boca de un solo trago.
Iker tenía tan solo cuatro años. Era hijo de Marina, quien a sus 40 años lo tuvo después de una inolvidable noche de celebración por su anivers